Archivado en: 3. Textos :: 14 de enero de 2006
Artículo escrito por Nuria Rita Sebastián en octubre de 2004.
“Ahora que estoy alfabetizada soy una mujer diferente. ¡Puedo defender mis derechos!”, reza el diploma que APADEIM (Asociación para el Desarrollo Integral de la Mujer) entrega tras la finalización del curso de alfabetización a mujeres campesinas de las zonas rurales de Chinandega, Nicaragua.
La frase es de Corina Martínez Campos, una campesina de 28 años de la comunidad de Sasama, aunque ella todavía no lo sabe, según me cuenta Mayela, de Apadeim: “Quiero que conozcas a Corina, porque es nuestro mejor ejemplo del cambio de actitud en las mujeres que queremos conseguir con los cursos”.
Acompañé a Mayela y a María Cristina, las fundadoras de Apadeim, hasta la comunidad de Las Chinas, a la que se accede tras un camino –si se puede llamar así- casi impracticable, en el que la furgoneta se iba atascando cada vez más entre el barro, las piedras y los hoyos. Ellas dos alquilaban esta furgoneta una vez al mes, lo que les suponía un considerable esfuerzo económico, para llegar a estas comunidades casi incomunicadas que son precisamente a las que más les interesa llevar la alfabetización.
Allí nos encontramos con la señora Daisy, pero no con las mujeres que supuestamente tenían que esperar nuestra llegada para la entrega de diplomas. Por un malentendido en la comunicación, ellas iban a acudir el miércoles de la semana siguiente. Un día de furgoneta perdido. De ahí nos dirigimos a Sasama, donde visitamos a Corina.
Me enseñó su casa, una choza de techos de hojas de palma y trozos de plástico negro, cada vez más vencidos por las lluvias tropicales. Allí vivía ella con sus cuatro hijos. Fuera había un pozo de donde obtenía el agua para beber, pero según me contaron, éste agua estaba ahora contaminada tras la fumigación de los campos colindantes al pequeño espacio de tierra que habitaba Corina. Es una mujer habladora y de carácter fuerte, y no tuvo ningún reparo en hablar ante mi cámara.
“ Yo no sabía nada. La alfabetización fue muy importante; aprendimos nuestros derechos. Yo me sentía que no valía, pero ahora sé que tenemos los mismos derechos, que yo valgo”. Cada vez que iba a las clases recibía golpes y amenazas de su marido. “No me importaba, yo pensaba: ‘No me puedo quedar aquí, tengo que terminar’. Llegué al final. Fue difícil”.
Mayela y María Cristina me precisaban que Corina en absoluto era así como yo la veía cuando ellas la conocieron: “Las primeras veces que acudía al curso era muy tímida, siempre andaba cabizbaja y apenas participaba”. Luego las clases le fueron dando confianza en sí misma y le hicieron ver los derechos que poseía.
“ Ahora ya no le tengo miedo. He sido una mujer golpeada, sufrida… Antes era una idiota, ahora ya no agacho la cabeza. He aprendido toda la realidad que no sabía. Se acabó aquella tonta. No me voy a callar”.
La alfabetización es mucho más que enseñar a leer y escribir. Se trata sobre todo de crear una conciencia de género y de comunidad entre las mujeres. Que sepan que no están solas y que son muchas las que sufren los mismos problemas. En las clases se fomentan discusiones y talleres sobre la situación de maltrato que sufren, tanto físico como psicológico. A través de sociodramas (pequeñas escenas casi improvisadas que representan ante el grupo) las mujeres comparten sus problemas y proponen soluciones. Para ellas estas reuniones son una oportunidad de sentirse protagonistas.
Pude asistir a la clausura de uno de los cursos de alfabetización. Allí las mismas mujeres hacían un balance de lo que habían aprendido; les cedo a ellas la palabra:
“ Hemos aprendido a hablar en grupo, a no ser tímidas. A no permitir ser maltratadas. Hemos conocido las leyes, nuestros derechos: queremos que nos respeten. Hemos adquirido confianza en las compañeras y tenemos más experiencia sobre nuestra vida. Sabemos dónde acudir en caso de violencia. No nos quedamos de brazos cruzados. Nos valoramos como mujeres. Nos organizamos, conocemos y relacionamos. Nos sentimos orgullosas como mujeres y nos apoyamos”.
[...] pequeño reportaje. Su labor me impresionó tanto que cuando Albert Uriach, un fotógrafo amigo mío me comentó que quería tomarse unos meses libres para dedicarlos a un proyecto solidario, le puse en contacto inmediatamente con Apadeim, y é [...]
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